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Ruta de los molinos de Mera

Ruta de los molinos de Mera

Un lugar mágico con cascadas, molinos históricos y rica biodiversidad. Ideal para senderismo, ofrece vistas impresionantes y esculturas en rocas.
En esta ruta viajaremos a través de un lugar mágico y casi salvaje, que parece casi imposible tan cerca de una ciudad de casi 100.000 habitantes. El río Mera, afluente del Miño, forma un valle muy característico que articula gran parte del territorio del municipio. Es también por aquí que discurre el Camino Primitivo, la primera ruta hacia Santiago, una gran ruta de la civilización por la que circularon personas e ideas de casi toda Europa. En el último tramo de su curso, el Mera forma una hermosa cascada que, junto con su molino, constituye el punto final y verdadero clímax de esta ruta. La margen derecha del río coincide con una montaña comunal, razón principal por la que se ha conservado tal como está. Los habitantes de la parroquia de Orbazai aman y respetan esta montaña. Gracias a ellos y a sus antepasados, hoy podemos disfrutar de este maravilloso paseo, y debemos mostrarles nuestra gratitud con exquisito cuidado y absoluto respeto por la tierra y el río. Llamamos a esta ruta el río de los molinos, no porque otros ríos no los tengan, sino porque hasta hace muy poco los molinos del Mera fueron muy importantes para la ciudad de Lugo, contribuyendo a su abastecimiento de harina. En el tramo que vamos a recorrer encontraremos tres magníficos ejemplos con sus muelas y estanques; aunque ya no están en funcionamiento, sus sistemas hidráulicos se conservan en buen estado. Flora y fauna Las transformaciones agrícolas han puesto fin al uso tradicional de la montaña, y en las últimas décadas la vegetación se ha recuperado con exuberancia, formando un bosque natural. Robles, alisos, fresnos, sauces, abedules, castóreos, avellanos, cerezos silvestres y perales, sanguinaria, juncos, saúcos, endrinos, acebos… La flora menor es innumerable, y destaca la abundancia del hermoso helecho real, especialmente en el último tramo del camino, cuando el río se estrecha y gana caudal. Con el tiempo, también veremos una gran variedad de setas, entre ellas muchas amanitas... las más venenosas. En cuanto a la fauna, la riqueza de aves es muy grande; con un poco de suerte, incluso podremos ver el mirlo o el paseriforme fluvial, generalmente difíciles de observar. La presencia de peces se reduce a la trucha y a algunas anguilas que han logrado sobrevivir a las altas represas hidroeléctricas; pero no es fácil observarlas, ya que tienden a esconderse en el lodo del fondo. Antes de la construcción de los embalses eran muy abundantes, y para capturarlas se construyeron piscifactorías, de las cuales veremos un ejemplo. Entre los anfibios, se puede ver la píntega o pinchorra y la rana del rego, que saltará al agua cuando pasemos por la orilla. Itinerario Seguimos el indicador de dirección y llegamos a un manantial. Giramos ligeramente a la derecha, y luego otra vez, y tomamos el río aguas abajo para ver un molino con su molino. Desandamos el camino, ahora siempre río arriba. El arroyo que acabamos de ver influye mucho en el aspecto del río, que durante un buen tramo parece profundo y de curso muy lento. Poco a poco, recupera su aspecto natural, y vemos que en realidad es un río de poca corriente, más bien rápido, sobre un lecho de arena y piedras de granito. Encontraremos los restos de una piscifactoría. Antiguamente, las anguilas eran muy abundantes, y durante las épocas de migración se pescaban por quintal en el Miño y sus afluentes. Poco después encontramos un camino estrecho y un puente. Este lugar es un puerto. En los ríos, este nombre designa un vado o paso natural a través de un lugar poco profundo, extendido artificialmente en ambas orillas por un sendero que las corta, partiendo del nivel del lecho, para ascender con una pendiente suave. Personas, ganado y carros podían transitar por él cuando la corriente lo permitía, lo cual ocurría precisamente a finales de la primavera, en verano y otoño, es decir, durante las épocas de cultivo. Continuamos por la misma ribera y pronto encontramos otro molino. Este no necesita una presa en el Mera, ya que el agua le llega mediante un raiiro, un canal artificial que la recoge del río aguas arriba, aprovechando el desnivel. Desde aquí, encontraremos una gran abundancia de helecho real. Poco después del molino, nos alejamos un poco del río, pero siempre en paralelo a su curso. Llegamos a una cascada formada por grandes acantilados y vemos en la otra orilla el molino de Abelleira, utilizado actualmente por un particular como segunda residencia. Un lugar de una belleza impresionante. Aquí podemos tomar o no un atajo río arriba, bastante difícil y peligroso, de forma ovalada, que nos llevaría de vuelta al mismo punto. Regresamos río abajo, ahora por la ribera; encontraremos unas esculturas asombrosas talladas en grandes rocas. El excursionista puede fantasear e intentar adivinar qué son; nosotros no lo sabemos con certeza. Solo diremos que dos de ellas corresponden a tipologías románicas: la cabeza de un Agnus Dei como las que adornan las cimas de muchas iglesias medievales, y un ser monstruoso que asoma su cabeza. Ahora el río tiene en medio una isla de más de cien metros de largo, formada por grandes rocas y con abundante vegetación. Llegamos al mismo camino por el que vinimos y lo seguimos hasta el puente. Luego, giramos a la derecha y, siempre en la misma dirección dominante, seguimos un sendero a bastante altura que nos permite una vista diferente de la ribera y también de las tierras al otro lado del Mera. Un poco más adelante, volvemos naturalmente al río para otro tramo. Una nueva señal nos separa por poco más de cien metros del camino por el que vinimos, que encontramos de nuevo, muy cerca del manantial de Segade y la zona recreativa.